El amargo “con derecho a”.

En varios de mis cursos de liderazgo he afirmado que el principal enemigo de nosotros, los líderes, es nuestro propio ego. Y del tema “ego” he escrito todo un libro de más de 600 páginas. Hoy aquí quiero reflexionar sobre solo una de las más absurdas, debilitantes y amargas necesidades de nuestro ego: el constantemente sentirse “con derecho a”. El tema podría ser extenso, pero mi sorpresa es que hace un rato, leyendo apasionadamente acerca de un monge que vivió hace 500 años, Juan de la Cruz, me entero que él identificaba a la lujuria no solo mediante connotaciones sexuales sino también con el “sentirse con derecho a”. Una oscura pasión que te lleva a creer, estúpidamente, que todo el mundo gira alrededor tuyo. En mi pasado -y no muy pasado- yo caí frecuentemente en este error y me hizo mucho mal. Déjame te describo la tragedia de este tipo de “lujuria”.

Sentirte “con derecho a” te lleva a creer que el mundo entero gira alrededor tuyo. Y esta creencia tiene centenares de ramificaciones, como creer que todo debe resolverse a tu favor, que siempre tienes la razón, que la justicia lleva escrito tu nombre, que las desgracias sólo les pasan a los demás, que los demás han nacido sólo para servirte, que tu tiempo es más importante que el de cualquier otro, que alguien siempre debe estar al pendietne de tus necesidades, incluso, casi adivinarte el pensamiento. Sentirte “con derecho a” te lleva a tener expectativas poco realistas acerca de los demás y a estar siempre decepcionado, siempre amargado. Ya en forma extrema -que se dan casos- este sentirse “con derecho a” equivale a usar a los demás o servirse de cualquier cosa que se le antoje a uno para alcanzar los propios fines relacionados con el placer del poder. Ahí es donde me explico cómo San Juan de la Cruz observa este comportamiento como un tipo de lujuria.

Este tipo de comportamiento, energéticamente hablando, tiene relación directa con nuestro tercer chakra. Este tipo de personas suelen tener molestias en su plexo solar, problemas gastrointestinales, diabetes, dolor abdominal, etc. Explicarte la relación sería tema de un muy extenso capítulo, pero hoy aquí en esta breve columna, analiza si eres un tipo de persona con este tipo de lujuria y observa tu salud grastrointestinal. Quizá te sorprenda que sí es un tema acorde con tu sentir y padecer.

Todos tenemos que trabajar en ir eliminando las necesidades de nuestro ego. Quizá la vida sea un tiempo para intentar alcanzarse a dar cuenta que uno no es un ego. La solución suele iniciarse cuando uno hace un alto y empieza a ver el tamaño del absurdo. Cuando al fin uno lo logra ver así tal cual, como un total y absoluto absurdo, la necesidad empieza a caerse, literalmente, se cae sola. Por ello son tan extremadamente valiosos los momentos donde uno se detiene a observar su propia vida estando en total y absoluta soledad y silencio. En esos momentos de terrible y sana confrontación puede darse el avance en el estado de conciencia, puede sucederse el transformador acto de observar el tamaño del absurdo. Por ello, detente. Busca un espacio para estar solo contigo. Observa, observa, observa. Sin juzgar nada, sin argumentar nada, solo observa, y en una de esas, ¡pum! Puede suceder que alcances a observar el tamaño del absurdo. Uno hasta se llega a avergonzar. Acto seguido, se empieza a caer la necesidad de sentirse “con derecho a”. Descubres que no hay derecho a nada, solo existen agradables sorpresas de buen trato hacia ti. Sorpresas. No merecimiento. Tu alma empieza a descansar cuando avanzas otro paso más descubriendo quién eres realmente. Y no, tú no eres tu ego. ¡Eres algo tan inmensamente distinto a lo que crees! Ese hallazgo sucederá, si te das tiempo para ti, para observarte en silencio el tiempo suficiente hasta que se te manifieste el tamaño del absurdo. Deseo que pronto tengas este pacificador hallazgo.

Si no te das el tiempo para ti, para observarte, corres el riesgo de que este tipo de lujuria se deslice con permisividad hacia la ira. Un arma de destrucción masiva. Cuando alguien siente ira, sentirá la certeza de que toda acción que realice está más que justificada. Así nos manipula nuestro ego. La razón se bloquea y se aviva el fuego para mantener la llama de la supuesta superioridad moral desde la que creemos que actuamos. Pronto verás que este fuego acaba por consumirte incluso a ti. Un corazón iracundo transforma lo que se creía amor en auténtico tormento, queriendo castigar a quienes creemos que no nos aman demasiado o como pensamos que se nos debería amar por ese sentirse “con derecho a”. La tragedia para alguien así: no existe manera de poder amar a un corazón iracundo. La ira repele al amor, siempre. Por ello… vale tanto hacer un alto para reflexionar. Por ello es divino tener este tipo de momentos, propios de una constante invitación a vivir una Nueva Conciencia. Por ello sentí el impulso de compartirte mis reflexiones de vida, una vez más, aquí. Pide ayuda, si sientes que no puedes solo para frenar este tipo de lujuria e ira. Te espera una luz hermosa del otro lado, te espera un momento repleto de…

¡Emoción por existir!

-Alejandro Ariza.

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4 comentarios sobre “El amargo “con derecho a”.

  1. Alejandro, gracias por compartirlo. me encantó. Cuando hago reflexión de mí, es como si las capas se fueran cayendo y todo es más ligero, el respiro, el caminar, el sonreir, el ver, todo es más ligero, porque todo empieza a evolucionar y mi mirada comienza a ver la realidad. gracias.

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